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En medio de la agitación diaria de tu vida, ¿te has detenido en algún momento a reflexionar sobre el sentido de tu prisa? Hoy te invito a hacer un alto en el camino, empezando por tener la paciencia de leer este mensaje escrito para ti.

¿Para qué trabajar con tanto esfuerzo, si nos sentimos solos? Es triste leer un libro, escribir un poema, escuchar una canción y no tener a alguien con quien comentarlo; es doloroso sentirse preocupado y no contar con una persona a quien abrirle el corazón, sentirnos cansados y no tener un hombro donde reclinar nuestra cabeza, una mano que nos levante y una voz que nos aliente.

¿De qué nos sirve estar en un escenario suntuoso con toda la magnificencia de un lujoso salón, si no tenemos con quién compartir y disfrutar ese momento? ¿De qué nos sirve tenerlo todo, si no hallamos con quien compartir? Ni las cosas, ni el dinero poseen valor por sí mismas. El valor de lo material está en su aplicación, en el servicio que pueden prestar a alguien más, en mejorar la calidad de vida de la gente. La belleza de tener, está en compartir. La magia de luchar por una prosperidad económica, estriba ni más ni menos, en poder ver sonreír a alguien a quien le damos el privilegio de disfrutar lo que ganamos con nuestro esfuerzo y que le ayudará a ascender en el camino de la vida.

Eso es parte de la naturaleza humana: dar, convivir, amar, servir... ayudar... En muchas ocasiones estamos asustados, asustados de lo que tal vez no podemos hacer, o de lo que no sucederá jamás; asustados de lo que pensaría la gente si tratamos de romper el molde que la sociedad nos impone. Por eso permitimos que nuestros miedos se interpongan a nuestros sueños. Preferimos decir no, cuando anhelamos decir sí. Murmuramos muy suave cuando en realidad sentimos que un grito se ahoga en nuestras entrañas. Después... después gritamos, y a quien no teníamos que hacerlo. ¿Te has detenido acaso a pensar el porqué de esa actitud?

Después de todo, pasamos por la vida una sola vez; no hay tiempo para tener miedo. Así que intenta... intenta aquello que no has hecho, y que sin embargo has deseado. Arriésgate, participa alegremente en la carrera que es tu vida, ponte ese vestido que no usas por miedo a verte ridículo, escribe aquella carta donde expresas lo que sientes, enfréntate como un triunfador a las cosas cotidianas, sin el temor atávico de los que no lucharon porque se creían derrotados sin haberlo intentado. Pasa a ser partícipe y deja ya de ser espectador.

Danza con entusiasmo al ritmo de la vida, habla en contra de lo que no te gusta, visita esos lugares que no conoces y que siempre has soñado, llama a ese ser que te hace sentir mariposas en tu vientre y dile cuánto le amas, o le extrañas, pero sin fingir. El tiempo no regresa. Atrévete a vivir, el momento es ahora, la vida es más bella de lo que tú crees, tienes mucha existencia por delante, y aunque fuese tan solo un día más, vale la pena vivirlo a plenitud. No tienes nada que perder, y quizá todo... ¡Sí, todo que ganar!


Luis Arnulfo Cáceres Gómez