Quebrada XIV
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Ella ahueca en alguna alacena sus huesos, añicos, despojos de cada hiriente significante. Sin medir la lujuria con que estremecía su cuerpo adolorido, seguía imponiéndose la culpa que ejercía sobre ella. Los goznes chirriaban cada vez que un añico se quebraba nuevamente... tarde para reconstruir sin ojos de mirada límpida. Ella encierra su canto tan en sí... tan prematura es la espera de la noche que enciende en mágico sortilegio el candil de la desesperanza.
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