Quebrada VIII
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Decidió la despedida, no servía para ser trasgresora, no cargaba medias tintas. Lo intentó, no pudo salir de su molde. Caminó los portales con entradas raudas a lugares de encanto. Nunca tomó su mano ni miró sus ojos. Un lugar para ambos era un cuarto alquilado por hora. Se alejó, lo amaba demasiado. Cuando el inmediato reproche surgió, supo que había sido una estación pasajera, una ilusión sin horizonte. Se fue. Desapareció sin una lágrima. En la soledad derrama el llanto clandestino ahogado en la almohada.
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