El círculo de la alegría
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Cuenta Bruno Ferrero que cierto día un campesino golpeó con fuerza la puerta de un convento. Cuando el hermano portero abrió, él le extendió un magnífico racimo de uvas: El hermano portero colocó el racimo frente a él y pasó la mañana entera admirándolo. Era realmente precioso, y por eso resolvió entregar el regalo al Abad, que siempre lo había estimulado con palabras de sabiduría. El Abad se puso muy contento con las uvas, pero se acordó de que había en el convento un hermano enfermo y pensó: Pero las uvas no permanecieron mucho tiempo en la habitación del hermano enfermo, porque éste reflexionó: El hermano cocinero quedó deslumbrado con la belleza del racimo, e hizo que su ayudante observase la perfección de las uvas. Tan perfectas –pensó él– que nadie mejor que el hermano sacristán para apreciarlas; como él era el responsable de la custodia del Santísimo Sacramento, y muchos monasterios lo consideraban un hombre santo, sería capaz de valorar mejor aquella maravilla de la naturaleza. El sacristán, a su vez, obsequió las uvas al novicio más joven, para que éste pudiera entender que la obra de Dios está en los menores detalles de la Creación. Cuando el novicio las recibió, su corazón se inundó de la Gloria del Señor, porque nunca había visto un racimo tan lindo. En ese momento se acordó de la primera vez que había llegado al monasterio y de la persona que le había abierto la puerta; había sido ese gesto el que le había permitido estar hoy en aquella comunidad de personas que sabían valorar los milagros. Así, poco antes de caer la noche, llevó el racimo de uvas al hermano portero: El hermano portero comprendió que aquel presente le había sido realmente destinado, saboreó cada una de las uvas de aquel racimo y durmió feliz. De esta manera quedó cerrado el círculo: el círculo de felicidad y alegría que siempre se extiende en torno a las personas generosas.
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