La clase de vuelo

Ven, mi niño, acércate... Despacio, no mires hacia abajo. Hazlo siempre a lo alto y a lo lejos, que allí es donde se encuentra tu futuro.

Lentamente levanta las alas, sin hacer esfuerzos. Endurece poco a poco los músculos hasta sentir que se tensan. Y deja al viento que te enseñe lo que es libertad.

Agudiza la vista, entretanto. El horizonte es tu meta y en su busca te moverás siempre.

Despacio, y con cuidado, mi niño. No bajes la cabeza, nunca. No dejes que un fracaso o un golpe sean lo suficientemente fuertes como para hacer errático tu vuelo.

Águila eres. Y no volamos esquivando el obstáculo, sino que lo sobrepasamos por lo alto.

Salta un poco, hijo... Endurece también las piernas, para cuando tengas que aterrizar de golpe, no te duelan. Caer desde un sueño no es fácil y debes estar preparado.

Eso es, eso es... la mirada fija y digna. El pecho pronto a recibir las resistencias que en todo momento se presentarán, sin dudas.

¿Que estás listo, dices?... ¡bien!... Escucha el último consejo:

Cuídate de los vientos encontrados. Elévate sobre ellos y no te mezcles en sus asuntos. Sé silencio hasta cuando ataques; pero sé noble aún en el ataque. Sólo los rastreros atacan por la espalda y haciendo sonar la lengua. Y ahora, hijo... ¡Elévate al sol, en brazos del viento de la mañana!...

Eso es, eso es... despacio...

¡Estás volando!... La vida es tu cielo... recórrelo todo con ansias. No temas a la nube ni a la tormenta. Son fenómenos pasajeros. Atraviésalos tratando de que no te cobren más que el precio justo por tu intrepidez, no más.

¡Vuelas ya!... ¡qué pronto has crecido!

Sé feliz, entonces, hijo mío... Y hasta que mis alas me sostengan... ¡mantente cercano a mi vista!... Puedo necesitarte, y puedes necesitarme.

Dios bendiga tu vuelo, y no te olvides del nido en el que fuiste niño, allí está tu historia, hijo mío...



Tu padre.

Aníbal J. Herrera