Amor a los 40

No, no son monedas extranjeras ni quilates de oro. Son mujeres. La experiencia enseña que esa súper mina de cuatro décadas -como diría Arjona- está en la flor de la vida, mientras que las más jóvenes ni siquiera han germinado.

Muchas menores de 30 años, mentalmente, no abandonaron la secundaria. Y no por tontera, sino porque no quieren. Las corderitas son complicadas, vuelteras, inestables, egocéntricas.

Las de 20 a 35 todavía esperan que el destino les provea su príncipe azul; mientras llega, salen con marqueses y condes de todos los colores. No buscan compromisos porque están confundidas y siempre necesitan tiempo, mucho tiempo, tiempo para todo.

Cuando se relacionan con un hombre por más de 72 horas seguidas, buscan probar. Sí, intentan probar su templanza, su dinero, su sexualidad, su paciencia, su capacidad simbólica y alguna otra cosa que él tenga y que pueda sorprenderlas. Una vez que saciaron su curiosidad, que le contaron hasta la última de sus fantasías y estrambóticos proyectos, que desenredaron la madeja que alimenta su mente, lo abandonan como cáscara de banana y parten hacia la próxima víctima.

Las de veintipico viven en eterna crisis (de identidad, vocacional, de sentimientos...). Algunas declaran que no quieren tener novio porque primero deben triunfar en la vida. Esas son las que coleccionan "amigos con derecho a roce" o amigovios hot only, pero tarde o temprano hallan un mártir que igual se enamora de ellas y soporta estoicamente sus idas y venidas, sus locuras, su infructuosa demanda de lo que no existe, mientras la chica canta "Nada es para siempre".

Dios aprieta pero no ahoga. Cuando el varón está por darse el disparo en la frente, ante la mirada atónita de la nena, que sólo atina a gritarle: "¡no me salpiques con sangre el jean que es un Versace!", aparece ella, la mujer de las cuatro décadas.

Potente, magnífica, hermosa, inteligente, insuperablemente irresistible aunque le duela el juanete, porque su espíritu -aún vapuleado por arduos dolores sin medida- la mantiene erguida y avasallante. Se la distingue por la mirada que sabe, que recuerda, que guarda secretos eternos, la mirada que entiende, que tranquiliza, que también desafía, pero desde el afecto, el juego, la contención, el consuelo.

Cuando ella ama, se entrega con plenitud y eleva al hombre a la cima más alta sin reservas, sin especulaciones, sin mezquindades, con toda el alma a la intemperie. Al varón le da su adoración sin ser sumisa; lo respeta por lo que es, sin idolatrarlo; le acepta sus pánicos besándole con esmero cada una de sus masculinas cicatrices, esas que nunca cierran del todo.

En síntesis, muchachos, tenemos un solo corazón: mejor dárselo a quien seguro sabrá cuidarlo, ¿no les parece?