Cadenas de seda

Cuando nace un hijo, todo cambia. Costumbres y horarios se alteran. El sentimiento propio pasa a segundo plano y nunca más la mujer es dueña de sí misma; empieza a vivir en función de otro ser.

La mujer queda presa del hijo. Ese niño pequeño y desvalido, totalmente dependiente, se convierte en su amo y señor, su carcelero. Una cadena invisible los une y los hace inseparables. Cuando crece y empieza a abrir sus ojos a la vida, él sabe que su madre allí está, siempre, constante e invariable. Aunque no la vea en todo el día, aunque haya otras personas que lo atiendan y lo amen, intuye que su madre y él son uno solo. La sabe su faro protector, su puerto seguro. La mano tibia al alcance de su mano. El regazo que recibe el dolor de una rodilla rota. La sabia respuesta a sus preguntas. La risa que responde a la risa. El juego que repite el juego. La caricia que consuela el llanto.

La madre se sabe imprescindible, confidente total. Sin ella, el hijo no camina; la busca siempre, la reclama todo el tiempo.

Un día llega y el hijo descubre otras inquietudes. El mundo que hasta entonces conoció queda de lado. Empiezan los secretos, los amigos, los primeros fracasos, las nuevas alegrías.

Entonces la cadena empieza a ser pesada y trata de romperla. Por eso debe ser de seda. De seda flexible y resistente. Que sujete al hijo, pero no lo ate. Que lo deje libre para alzar el vuelo y le muestre el camino cuando quiera regresar. Y, si alguna vez cae, bastará un suave tirón para hacerle sentir de nuevo su presencia.

Una antigua canción decía: "si todos los niños del mundo pudieran por gracia divina elegir su mamá, tú serías la elegida".

Feliz la madre a quien el hijo pueda dedicar estas palabras. Será porque supo darle afecto y cuidado, pero también respeto y comprensión.

Porque supo unirlo a ella con cadena de seda, suave como sus caricias y resistente como su amor.


Lina Calderón