Lo innominado

Lo sabíamos ambos, por eso era superfluo repetirlo -también eso sabíamos-, aunque a veces la noche se encarnizara en darnos las palabras más bellas, por si acaso crecían.

Esas veces que faltaba un mal minuto para que hubiese chispas rodando por el suelo, y había que apartar los ojos, y amarrarse los lazos casi sueltos de la triste cordura.

Porque también sabíamos que era cosa de locos, desvarío extremado (aunque, sí, delicioso), y que era necesario extirparlo de golpe, o sacarle los ojos, o cortarle las manos, para que no saliese a la luz y mostrase su inocencia perfecta, que no iba a entender nadie.


Josefa Parra, Jerez de la Frontera, España, 1965.