Enamorarse a los cincuenta

A esta edad, después de medio siglo, el amor ya recorrió caminos, dobló esquinas y optó por encrucijadas, ya erró, ya acertó, ya resbaló, ya se arrepintió e inevitablemente el tiempo se fue.

Se vivió el amor, se perdió el amor, algunos por la mano de Dios, otros por el debilitamiento de la vida en pareja.

A esta edad, la mirada en la dirección del amor continúa más linda, pues en el largo camino de los sentimientos, se aprendió a sumar, a dividir y a multiplicar, sin oportunidades de disminuir en el conocimiento del sentimiento del amor.

El amor maduro llega despacito y se aloja en la vida, sin tiempo para acabar.

La caminata entre dos es más serena, existe la complicidad, el cariño es más espontáneo, no hay inhibición frente al querer, la sintonía es completa, y los recuerdos son depositados en el álbum de las nostalgias, que se guardan de un tiempo que no volverá.

Enamorarse a esa edad es llevar la ternura en la mirada.

El brillo es más intenso, el deseo de no equivocarse es más fuerte.

La construcción de la caminata entre dos es la suma del querer, es el encuentro de dos almas aplaudidas por dos corazones que dividen la emoción de amar.

Las actitudes menudas, los gestos y los detalles son los alimentos que sustentan ese amor.

Vivir en pareja es la alegría de la compañía, de la caricia tierna, de los besos todavía calientes, de las miradas insinuantes cuando el deseo se manifiesta, y la promesa en la mirada de que, cada amanecer, ¡será el día más bello entre dos seres que encontraron el amor!