El regalo

Partió él, tras jurarle amor eterno, poniendo al sol y a los montes por testigo, en busca de un regalo digno de su belleza.

Quedó ella a la espera de su amado, de aquel que colmaba sus sentidos, sentada en la hierba, sintiendo aún su beso en la mejilla.

No encontraba él flor, ave o joya, aroma o melodía, que se equiparara al sentimiento que ocupaba sus espacios.

Marchó mas allá del sitio que le vio nacer, conoció el mar, penetró al bosque, escaló la montaña... Descubrió que el mundo era inmenso, y decidió recorrerlo, incansable, hasta encontrar lo que buscaba.

Ella siguió su vida pueblerina, sus pequeños ritos y labores, para cada tarde regresar al prado donde su bienamado le juró que volvería.

Pasaron los años, su belleza no era la misma, desdeñó cambiar su destino, fiel a su promesa.

"Él volverá con mi regalo", decía a los que la miraban con lástima... Pronto fue sólo "la loca", luego "la vieja de la colina".

Un día la encontraron, recostada a un árbol que era simple rama cuando él partió. Su cabello blanco acariciado por la brisa; en sus labios, la sonrisa más dulce, las manos cruzadas sin prisa en su regazo, los ojos cerrados, contemplando la imagen que nunca la abandonó.

Comprendieron, entonces, que era bella aún así, como ninguna. Decidieron, arrepentidos, brindarle un último homenaje, y comenzaron a cavar un sepulcro en el sitio que, tarde tras tarde, conoció de sus esperas. Pero la dura roca resistía a sus fatigas.

"Déjenme verla", dijo una voz profunda como un eco.

Se volvieron, para ver un alto anciano que, apoyado en un bastón, se hacía lugar entre las gentes. Con respeto, que fue casi reverencia, abrieron el paso, comprendiendo que él había regresado.

"Novia mía, tengo tu regalo", dijo arrodillándose junto a ella. "Te traigo un corazón que te ha amado sin flaquezas, que aún te ama, más fiel que cualquier gema, más duradero que las flores, que te habla con un lenguaje que supera cualquier rima o melodía".

Una extraña luz los invadió, envolviéndolos como un halo, y los que aún viven cuentan cómo un ave voló del cuerpo de la anciana para posarse en el hombro del viajero, que a su vez, transformado en pájaro, se alzó sobre las nubes, más allá de los vientos, de los montes, del mar, del mundo, de las miserias humanas.

Temerosos huyeron, para volver, prisioneros de la curiosidad, al romper el día siguiente y encontrarlos convertidos en piedra. Ella sentada, en paciente espera, él, de rodillas, obsequiando amor eterno.


Marié Rojas Tamayo