Decálogo para los (des)enamorados

Me dices que en días como estos dudas de todo lo bueno que hallaste en el pasado, y vuelves a renegar de un porvenir donde no habrá - aseguras- ni inocencia ni descubrimiento. Debieras saber que absolutamente todos nos hemos conjurado, alguna vez, en propagar esa mentira mayor: el amor grande y total no existe, desapareció, agoniza, apuñalado por animales, instintos, apareamientos fortuitos y elementales pactos de supervivencia. Tienes pleno derecho al desaliento, pero mañana vas a despertar convencida de que el hastío y la decepción se esfumaron. Qué lástima si insistes en medir, sancionar y desterrar al amor de tu horizonte, sólo porque te faltaron bríos para aceptar que no escapó de ti, mas bien impidió que lo atraparas. Por dura que parezca la derrota, tus dos peores torpezas serían arrepentirte primero de haber sido noble y generosa, es decir, de haber amado, y después pensar que de ahora en adelante, sólo podrás rumiar tu resentimiento.

Cualquier camino que escojas en adelante, el amor andará por ahí, agazapado, esperando todo ansioso a que estés lista de nuevo, a que derrumbes las rejas y los muros donde quisiste encerrarlo. Por más que me lo pidas, no puedo decirte lo que debes hacer para retener lo inatrapable. A lo sumo te pongo los diez mandamientos más falibles que hayas leído nunca, para que no te invada y paralice por completo la peor enfermedad curable de que se tienen noticias:

1. No malgastes la lumbre de tu inteligencia vanagloriándote de que dijiste la última palabra. De nada sirvió tu voz si sólo alcanzó a clausurar, ultimar y quedarte con la insoportable aureola de que "yo siempre tuve la razón".

2. Si te tocó padecer tiempo y espacio, que sea dulcemente, sin rencores. Porque nunca resultó excesiva la diligencia que empleaste en tender la mano, colmada de bienaventuranzas, aunque no aceptaran tu ofrenda.

3. Establece en la vida pública todos los convenios que te parezcan pertinentes, pero no vuelvas a rebajarte comerciando con lo que no tiene precio.

4. Sumérgete en el único fanatismo recomendable, el menos atroz de todos: buscar el amor, esperando remozarlo cada semana. Pero no lo imagines como jardín de rosas, a no ser que te mantengas avisada contra las espinas, enterada del gusano que corroe los tallos, y de los pétalos que se pudren.

5. Son ciertas las que pueden resultar dañinas, enfermizas y desdichadas. El amor nunca. Ponle riendas a la fiera que te habita empeñándote siempre en compartir alegrías, espíritu conciliador, actitud constructiva. No arruines tus horas lamentándote.

6. Como todos, interpretarás torcidamente las lecciones que el amor te dispensa, pero convéncete también que en todos los hombres y mujeres del mundo hay algo que se les permite conocer, y en ocasiones rectificar, los propios errores, para que emerjan con toda honradez la ceguera y la cobardía.

7. No olvides todos los días mostrar tu agradecimiento. En medio de catástrofes y sinsabores, alguien miró a través de tus ojos, con tu misma pupila encendida.

8. Cuando esté de nuevo ante ti, adáptate al amor si no implica lesiones mayores. Resulta más breve y útil adaptarse al otro que intentar cambiarlo a nuestra imagen y semejanza.

9. No cejes en la búsqueda, acepta perderlo todo mil veces y empezar de nuevo.

10. No permitas que desaparezca aquel embrujo adolescente que un día te sacudió. Encuentra en la inmensidad ese gesto antiguo, frágil, casi imperceptible, que tantas veces te obligó a decir TE QUIERO y que tu afirmación significara un acto de fe.



Es posible que no puedas ahuyentar el escepticismo de ninguna manera. Por lo menos, estarás de acuerdo conmigo en que algo tiene que llegarle a quien lo espera todo. Sólo resta que tus puertas no estén cerradas, porque mientras te aíslas y echas llaves y candados, el amor seguirá rondándote, a lo largo de ese sendero único e intransferible, reservado para ti no más.

Los argumentos más grandes e incontestables del mundo suelen parecer elementales. Por eso tal vez suene a filosofía precaria, entiéndelo: abrir puertas y ventanas, baldear las malas energías de tu corazón, se consigue, si ante todo te enamoras de tu existencia, y de esta especie bípeda y pensante con quien compartes el planeta.

De ese modo, te sorprenderás aceptando que todos tus desatinos y tus triunfos forman parte de un borrador que nunca podrás pasar a limpio. Lleno de frases inigualables o torpes, todas escritas con mano trémula en el cuaderno de tu propia vida, era el amor quien guiaba tu mano. Estás detenida en un punto que irremediablemente será seguido. Y por debajo de la última tachadura aflora la mejor frase, la que te ayudará a escribir el próximo párrafo, el más estimulante.